Había llegado a Riesgos hacía unos meses.
Debía detener el tiempo, “el tiempo lo cura todo, Vito”, le decían, pero él
quería preservar la herida abierta. Recordar a Lucinda lo mantenía con vida.
Cada día, a las 6 de la tarde, hacía el mismo
recorrido: por la calle principal hasta el quiosco de Catalinarda, compraba
tabaco y proseguía. Esquivaba como podía las imágenes de tipo triste que como
dardos le arrojaban los escaparates por los que pasaba y daba imaginarios
puntapiés a los pensamientos funestos que se le iban cayendo al suelo, hasta
llegar al bar “La Pena Profunda”. Desde el primer día que vio el letrero
decidió que sería como su segunda casa, el nombre debía actuar como un escudo
frente a la gente alegre.
La tarde del 18 de Septiembre dos hechos
rompieron la rutina de todos los días anteriores:
1) Catalinarda había colocado sobre el
mostrador una caja con libros viejos, así que además de con el tabaco, salió
con uno de ellos entre sus manos: “Los peligros de Pequeña”, de John Franklin
Bardin.
2) En “La Pena Profunda” su mesa estaba
ocupada, por lo que se sentó en otra, en el lado opuesto.
Y allí estaba Vito Tañón, tan grande y rudo
y tan debilitado, sin estudios oficiales pero muy leído y muy curioso. A su
lado, el recuerdo de Lucinda, por no decir que ella misma, pues era tan vivo
que aún la percibía. Lucinda, “con la luna por cerebro”, en trance o en fuga,
de repente gravitaba y se alejaba hacia otros mundos ajenos al nuestro,
entonces había que nombrarla para que regresara y no se extraviara del todo.
Se habían conocido en la barra de un bar,
algo excepcional si tenemos en cuenta que ninguno de los dos acudía a ellos,
salvo aquel día, claro. La relación empezó a trompicones, Lucinda era muy rara,
pero Vito ya estaba desarmado.
Años de felicidad incontestable hasta que
Lucinda murió, así sin estridencias, en silencio, muy a su manera. Si existe la
muerte natural, desde luego que esta lo fue. Vito quedó abatido, lo mismo
sentía necesitar dos o tres cuerpos más para sobrellevar toda la rabia y la ira
que llevaba dentro, como que se acuclillaba en un rincón y notaba cómo la pena
le hundía las costillas y el esternón, y el corazón se le arrugaba más y más
hasta quedarse del tamaño de una ciruela pasa.
Pero volvamos al bar con el Vito de la tarde
del 18 de Septiembre, que ya iba por la página 11 del libro de Bardin, cuando
sus protagonistas, Pequeña y Harry Barratt, se conocían en la barra de un bar
llamado “La Pasada Superficial”. Vito se medio sonrió y continuó leyendo,
intrigado por saber qué le deparaba aquel extraño relato. No fue hasta que
apuró el último trago, un rato después, que se percató del cuadro.
Realmente eran dos, pero contaban la misma
historia, solo que separados por distintas enmarcaciones y colgados a unos 50
centímetros uno del otro. Un hombre y una mujer en la barra de otro bar.
Vito empezó a cavilar, agradecido por
aquellas coincidencias enigmáticas que la tarde le brindaba, pero ¿de qué se
trataba?, ¿por qué repetían su encuentro con Lucinda?, ¿ya sólo otros
revivirían la historia que ellos no pudieron continuar?, ¿un mensaje de Lucinda
quizá?, ¿estaba ya condenado a ser un solitario espectador de parejas? No encontró
ninguna respuesta, y sin dejar de mirar el cuadro, la muerte de Lucinda se le antojó
como aquellos 50 centímetros de pared verde pistacho.
Vito se fue derecho al propietario y, tras
una breve negociación, salió del bar con ambos cuadros bajo el brazo. En la
casa los colgó uno junto al otro, frente al sillón del insomne. Por fin
encontraba algo de calma cuando, de madrugada y a oscuras, sentado frente a
ellos e iluminado apenas por la luz intermitente de su cigarro, se regocijaba imaginando
una y mil conversaciones con Lucinda aquella noche de su primer encuentro, cada
noche era siempre la primera, así una noche y otra.
Al tiempo empezó a oír también los susurros,
el tintineo de los vasos, a oler el humo del tabaco que él ya había apagado,
pisadas que iban y venían, un murmullo coral…
Cuándo exactamente Vito Tañón se entregó por completo a su quimera no lo sabemos, pero sí podemos constatar que el día 20 de Diciembre ingresaba por voluntad propia en el psiquiátrico de la población más cercana. Lo único que pidió encarecidamente es que le dejaran colgar aquellos cuadros en su habitación. Bajo ningún concepto quería curarse.
Cuándo exactamente Vito Tañón se entregó por completo a su quimera no lo sabemos, pero sí podemos constatar que el día 20 de Diciembre ingresaba por voluntad propia en el psiquiátrico de la población más cercana. Lo único que pidió encarecidamente es que le dejaran colgar aquellos cuadros en su habitación. Bajo ningún concepto quería curarse.
La
huésped del cuarto 11
Este pobre diablo no es más que otra víctima de la inlunación bertholófica. Él mismo se internó en la "Casa del Reposo de Susana" y ahora está a cargo del famoso Dr. Gary, al que hay que agradecer que haya respetado el extravío de Vito, no recetándole medicación ni la lectura de "poemas-electro-shock".
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