Debía partir
esa misma tarde. El encargo de Bertholoff era claro: dirigirme a tierras
niponas y adquirir todo lo necesario para plantar de cerezos las 30.500
hectáreas de terreno baldío existente al norte de GHI. “La próxima primavera
celebraremos aquí también nuestro particular hanami”, deseaba el Director.
Allí me
esperaba el profesor Eguchi, zoólogo y botánico de renombre mundial,
descubridor de procedencias inciertas pero muy probables, que había puesto
patas arriba a la comunidad científica. Pese a no acudir a la cita el
intérprete contratado, y gracias a la previsión de llevar siempre conmigo un
aparato de ATA, nos pudimos comunicar perfectamente desde el primer instante,
cada uno en su lengua natal, sin necesidad de intermediarios.

Al día
siguiente me llevó a ver las flores de cerezo. Pensé que iríamos a uno de los
innumerables parques de la ciudad, donde abundan estos árboles, que hoy
precisamente mostraban la floración en el momento de su máximo esplendor. Pero
no fue así. En la primera esquina nos desviamos por un callejón estrecho que
parecía no tener salida, deteniéndonos delante de la tapa de una alcantarilla.
La abrió y empezó a bajar por la escalerilla, advirtiéndome que íbamos a un “yozakura secreto”.
La oscuridad
era absoluta, y el silencio. La única luz procedía del color blanco de las
flores, suficiente para ver a colocar el mantel y sacar las viandas. Celebramos
el hanami comiendo fideos y bebiendo
sake Daiginjo, tal como lo estarían celebrando millones de personas sobre
nuestras cabezas.
Ya en la
sobremesa, nos tendimos boca arriba para admirar detenidamente el bello
espectáculo. Al Sr. Eguchi, el licor de arroz le había desatado la lengua y no
paraba de hablar: de que las cerezas crecían en las raíces, de que realmente
eran corazones de guerreros muertos, también del porqué del color rosado de
algunas de las flores, o de cómo le complacía compartir el sueño de sus amigos…
A mí, sin
embargo, me invadió tal sopor que parpadear me suponía un gran esfuerzo. Si no
acababa de rendirme al sueño, era por la inquieta sensación que tenía de que
una de las ramas del árbol cada vez se acercaba más. El profesor no parecía
percatarse de nada, pero sin duda alguna que ya una de las flores me rozaba la
nariz. En qué momento fui engullida por la sakura,
no lo sé decir, pero de repente me vi envuelta por varias capas de pétalos.
Pese a estar atrapada, aquella situación no me intimidaba, más bien lo
contrario. Seguía oyendo, ya algo más lejos, al profesor, que no cesaba de
parlotear. Ahora hablaba sobre el origen magmático de las luciérnagas, y del
sidéreo del pez dragón, de enjambres de insectos que agrietan la tierra,
también del estanque de su casa con las carpas que nunca cierran los ojos…
Cuando volví a
despertar ya estaba en el tren que me llevaría de vuelta a GHI. Llevaba conmigo
varios sacos de semillas de cerezo y un libro ricamente ornamentado con hojas
de papel washi, supongo que con
instrucciones de jardinería.
Pasado un
tiempo, y rememorando lo sucedido, sospecho que el descenso al subsuelo fue
producto de un sueño narcotizado.
La huésped del cuarto 11
Felicito al señor Gerente y a su agente del cuarto 11 por este interesante proyecto de orientalización de GHI. Ya he reservado cuarto para el hanami insolado.
ResponderEliminarPues no me parece lo sucedido motivo de celebración. Está claro que ese señor drogó a la chica. Algo le metió en el sake que la dejó alelada.
ResponderEliminarYo tengo mis dudas. Esa gente tiene un ocio con experiencias muy raras, igual que te engulla un cerezo forma parte del entretenimiento.
Eliminar¡Por favor!, el Profesor Eguchi es famoso por su manejo de la adormidera, claro que la tuvo que sedar, pero tampoco hace mal a nadie, solo ver cómo duermen los demás.
EliminarA mí lo que me deja atónito es esa fantasía de Bertholoff con los cerezos…
ResponderEliminarConociendo el poderoso cerebro privilegiado del Sr. Gerente de GHI, no me extraña que logre abolir la oposición Oriente / Occidente, como ha abolido otras muchas a lo largo de su ya dilatado periplo vital.
ResponderEliminarYo habité luengos años los Orientes y doy fe de que lo mejor de Oriente y Occidente es perfectamente conciliable.